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Le fue infiel.

Vanidad, divino tesoro

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Escrito por Carolina Aguirre
Sufrir por una infidelidad es un acto de vanidad. No es el dolor de la traición ni el desengaño de la mentira. Esas lágrimas de asfixia, esos pimpollos de histeria, esos escándalos irreprochables no son producto de un secreto o de una infamia. Lo verdaderamente doloroso de la infidelidad no es el doblez ni la confianza extinguida: lo que nos duele es perder.
Ser fiel es estar comprometido con una misma elección, aún si existieran mejores opciones. Ser infiel, entonces, no es faltar a la verdad ni mentir, sino saltear el compromiso; es hacer una elección distinta, aunque sea por una sola noche.
Si bien nos duele que él ignore la palabra empeñada, lo devastador de la infidelidad es que él haya preferido a otra. Lloramos de de desilusión y de celos, sí; pero también de pena e indignación, porque ese día, por unas horas, fuimos la relegada, la perdedora, la que no sabe, la que no importa. Porque entre lastimarnos y no tenerla, prefirió tenerla, y porque, aún sabiendo que podía perdernos, eligió correr ese riesgo por estar con ella. Ella fue la deseada, la predilecta, la inevitable. Ella fue la mejor.
Cuando era más jóven terminaba todos los años de la misma manera: durmiendo con mi ex novio. Invariablemente caíamos la misma rutina: despedirnos, separarnos, que él conociera a otra, y luego volver a estar juntos hasta que su novia se enterara y lo dejase para siempre. Durante mucho tiempo pensé que era el destino, y que así sucedía porque estabamos hechos el uno para el otro; pero luego descubrí que la reincidencia no tenía nada que ver con él, que mi único deseo era volver para probar que yo era esencialmente inolvidable. Competía con ella, pero no importaba quien era, porque yo era mejor que cualquiera que intentara tomar mi lugar, era la mujer de su vida.
Sufrir por una infidelidad, es, desde mi razón, un acto de vanidad; aunque en mi corazón sea el legítimo sentimiento de estafa por excelencia. Me basta con mirar alrededor: cada vez que nos vestimos con una prenda que los hombres no pueden comprender ni apreciar ¿Para quién nos estamos poniendo lindas? Si sabemos que ningún hombre preferiría un pantalón enorme a uno pequeño, por qué estamos pendientes de la moda? Y si nos vestimos para nosotras mismas ¿Por qué no usamos esa ropa solas, dentro de casa?
En todos los grupos de mujeres hay un puñado de traiciones apretujadas en el pasado. Todas tenemos una amiga que le dijo que sí a ese chico que nos encantaba, que se acostó con nuestro ex novio o que intentó seducir a la pareja de otra. Nos reiteramos en la misma anécdota de mal gusto una y otra vez: a diferencia de los hombres, nos vivimos robando el novio, seduciendo al hombre equivocado y pidiendo perdón al otro día.
Cuando vamos a un casamiento y somos la única soltera de la mesa, los hombres no se enteran. Son las mujeres quienes nos miran como desabridas perdedoras incapaces de enamorar a nadie y nos hacen esas preguntas incómodas que nos hacen sentir más solas que nunca. No la pasamos mal por no haber encontrado al amor de nuestras vidas, sino porque ellas aprovechan cada ocasión para sugerir que son mejores por haberlo logrado antes.
Cada vez que nos interesa saber cómo era su ex novia, cada vez que nos recocijamos porque la nueva mujer es más fea, cada vez que llevamos la mejor torta de cumpleaños al jardín, cada vez que una amiga nos aconseja que lo dejemos, cada vez que comentamos que otra está más gorda o más vieja, y cada vez que una amiga se le insinúa a un hombre que nos encanta, probamos que en el universo femenino hay muchos menos conflictos entre el hombre y la mujer, que entre nosotras mismas.
Maitena ex infidelidad Le fue infiel.
Fuente: http://bestiaria.blogspot.com

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La teoría de la baldosa

mai3 La teoría de la baldosa

La triste Realidad

Escrito por Carolina Aguirre:

Mi amiga Paula es una de las mujeres más graciosas que conozco. Es linda, divertida e inteligente. Además es curiosa: lee mucho, va al cine, mira series y saca fotos. Sin embargo, como no es despampanante, ni usa tacos aguja con pantalones ajustados, casi siempre se hace amiga de los hombres. Y por eso está soltera. Bueno, por eso, y por culpa de las ladronas de baldosa como Marilyn Monroe.

La mayoría de los hombres busca mujeres escandalosamente atractivas a cualquier precio. Incluso si son estúpidas. Las aman aunque vivan preocupadas por lo que le dijo una amiga a la otra, por lo mal que les cortaron el pelo, o por el kilo y medio de más que subieron cuando se fueron de vacaciones. Aunque sean profundas como un charquito callejero. Aunque su única aspiración en la vida sea tener un marido exitoso que les ponga una casa en un country, que las lleve a Punta del Este, que les traiga la revista Gente a la salida de la oficina, y les pague una empleada doméstica que trabaje de lunes a lunes. Es la verdad. Algunos lo asumen directamente, y otros magnifican atributos comunes y fantasiosos en cada pava que encuentran para justificarse.

Prueba de ello son los cientos de actores, conductores, músicos y directores de cine que en vez de salir con actrices, conductoras, músicas o directoras de cine, salen con modelos anoréxicas que no son más que una percha de ropa elegante.

Y está bien. Cada uno debe privilegiar las cualidades que más desee en una pareja. Si para ellos la belleza física es lo más importante, pues adelante. Que sigan diciendo que son “lindas”, “dulces”, “compañeras” o “buenas madres” para justificar que se casaron con un par de piernas largas sin nada en la azotea.

Sin embargo, este derecho legítimo y privado que a primera vista es irreprochable, tiene sus consecuencias. Principalmente para el universo; porque cuando una mujer tonta se casa con un hombre inteligente, está ocupando una baldosa ajena, un lugar que estaba destinado a otra mujer, un espacio que no le pertenece. Está sacudiendo el orden natural del cosmos, tomando una mitad que no era suya, la mitad de una mujer inteligente.

Al resto de las mujeres, este fenómeno nunca deja de extrañarnos. Casi a diario nos preguntamos como un cantante talentoso o un director de teatro puede estar casado cinco años con una mensa que sale en revista Caras, en cuatro patas y hecha milanesa en la arena, diciendo que su sueño es bailar en lo de Tinelli o escribir un libro de poemas. Es una duda que nos carcome por dentro: ¿Cómo se relaciona alguien que disfruta el arte con una mujer que sólo sabe de esmaltes de uñas y depilación brasilera? ¿Qué hacen cuando ven una película, leen un libro o tienen un vacío existencial? ¿Con quién hablan, con quién debaten, con quién intercambian ideas y se enriquecen? ¿Quién les devuelve los chistes? ¿Quién los hace reir? ¿Cómo es casarse con alguien que uno no admire?

La respuesta a esta pregunta diaria, que para algunas es el gran problema amoroso de sus vidas, es, sin embargo, sumamente simple: los hombres inteligentes y divertidos pueden darse el lujo de tener enamorarse de una idiota, porque tienen una amiga como Paula.

Con la novia tienen sexo y con Paula van al cine. Con la novia van a la playa y con Paula hacen chistes. Con la novia se casan y con Paula se asocian, trabajan, charlan, maduran, se encuentran. Es decir que mi amiga Paula es la que suple la carencia de la novia oficial. Es el ventilete intelecual de esa relación superficial, la muleta creativa, el bálsamo que sana la llanura pelada que ofrece el intelecto de la mamerta. Paula hace posible esa relación despareja. Sin una Paula con la que ir a tomar el té y al teatro el domingo, la otra relación estaría muerta.

Es por esto que es muy importante que emprendamos una acción conjunta. Que pensemos en nuestras primas, amigas, hermanas solteras que sufren tratando de conquistar a un galán talentoso que siempre cae en manos de una tarada mental que llora porque este verano no va a ir a Punta del Este. No seamos amigas de hombres que salen con taradas. Neguémosles la posibilidad de sostener este tipo de relaciones a largo plazo. No hagamos más de muleta. Que sientan el vacío y la soledad de ir a dormir todas las noches con un maniquí.

Neguémosles la amistad. Seamos todo o nada. Digámosles que vayan a hablar de historia con las taradas. Que les pregunten qué piensan de una obra de teatro, de una película checoslovaca o del conflicto entre Rusia y Georgia a sus lindísimas esposas milanesa.

Dejemos de ser las amigas piolas, la mina “cago de risa”, las copadas, las hermanas de la vida y las que los escuchan cuando la mensa los deja. Porque si dejamos esa baldosa lateral vacía, la otra no podrá llenarse con cualquiera.

Negúemosles la amistad. Neguémosle la amistad. Neguémosle la amistad. Hagámoslo por nuestras futuras hijas, por la armonía del universo o por la justicia divina. O al menos por mi amiga Paula, que desde Marilyn Monroe se casó con Arthur Miller, es la más ingeniosa y la más talentosa, pero siempre la más soltera.

Fuente: www.bestiaria.blogspot.com

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